Hablamos con SMLXL sobre los tres concursos que han ganado últimamente, convocados por ADG y ADI-FAD. SMLXL (Small Medium Large Extra Large) es un estudio de diseño integral con sedes en Nueva York y Barcelona. Fundado por Anna Berbiela, Guillem Casasús y Javier Arizu, crean proyectos que influyen en la cultura visual contemporánea y aportan significado tanto a marcas como a individuos.
Este año está siendo especialmente intenso para SMLXL: Grand Départ Barcelona, la campaña gráfica de la nueva temporada de L’Auditori, las luces de Navidad en la calle Aragó y con un resultado espectacular con un total de 6 Laus de Oro. ¿Tenéis la sensación de que estáis en un punto de inflexión o preferís entenderlo como la consecuencia de una manera de trabajar sostenida en el tiempo?
Como estudio, poder trabajar en proyectos de naturaleza tan diferente y, al mismo tiempo, tan relevantes para la ciudad nos llena de orgullo. El Tour de France con el Grand Départ Barcelona, la nueva campaña gráfica de L’Auditori o las luces de Navidad son proyectos muy diferentes entre sí, pero todos comparten una cosa: nos permiten intervenir en el espacio público y formar parte del imaginario colectivo de Barcelona.
Por otra parte el hecho de haber recibido tantos reconocimientos en un solo año, con seis ADG Laus d’Or, 16 premios en total, es evidentemente una alegría enorme y también una reafirmación de que la manera en que trabajamos tiene sentido.
Al mismo tiempo, sí lo vivimos como un punto de inflexión para SMLXL. Somos un estudio joven, con solo dos años de trayectoria, pero venimos de un recorrido de ocho años con Pràctica que ha sido fundamental para construir una manera de pensar, de entender el diseño y de afrontar los proyectos. En este sentido, más que un cambio repentino, lo entendemos como la consecuencia de un trabajo sostenido en el tiempo. Pero es cierto que este año nos ha situado en un lugar especialmente visible y nos consolida como uno de los estudios de referencia dentro del panorama del diseño.
Empezamos hablando del cartel del Grand Départ Barcelona Tour de Francia 2026 que habéis trabajado junto con el ilustrador Albert Tercero. El Tour es un evento con una iconografía muy consolidada y una audiencia internacional. ¿Cómo habéis trabajado el encargo para encontrar una mirada propia?
Hacer el cartel del Grand Départ Barcelona del Tour de Francia 2026 ha sido un sueño. Es un encargo muy especial porque el Tour tiene una iconografía muy consolidada, muy reconocible, y a la vez una dimensión internacional enorme. El reto era respetar este imaginario, pero encontrar una mirada propia.
El brief ya marcaba algunos requisitos muy claros: tenían que aparecer los cuatro mallotes —el amarillo, el verde, el de puntos y el blanco—, se tenían que representar momentos de celebración, la energía de la afición y, sobre todo, se tenía que hacer muy evidente que la salida estaba en Barcelona.
Nos podríamos haber quedado en un cartel meramente gráfico, pero nos interesaba añadir una capa conceptual que naciera del mismo imaginario del ciclismo. Si alguna vez has ido en bicicleta, es muy fácil reconocer aquella imagen de la propia sombra proyectada sobre la carretera. A partir de este gesto tan natural, planteamos que las sombras de los ciclistas dibujaran el recorrido de la carrera: un trayecto que empieza en Barcelona, pasa por elementos icónicos como la Sagrada Familia y el Arco de Triunfo, y acaba conectando simbólicamente con París a través de la Torre Eiffel.
A partir de ahí, también quisimos que el público funcionara como un segundo nivel de lectura. Entre la afición aparecen pequeños elementos vinculados a Barcelona y a la cultura catalana, como una barretina, los castellers y otras referencias que permiten que el cartel hable del Tour, pero también del lugar desde donde sale.
Este es un cartel, pero también el punto de partida de una identidad que debe funcionar en múltiples soportes. ¿Cómo se construye un sistema gráfico capaz de adaptarse sin perder fuerza?
El hecho de tener una idea conceptual fuerte detrás nos ayuda mucho a la hora de construir un sistema. El cartel no funciona sólo como una imagen cerrada, sino como un lenguaje que se puede descomponer y adaptar.
En este caso, podías aislar a un solo ciclista con la sombra de un edificio y la pieza continuaba siendo perfectamente reconocible como parte de la campaña de este año. Esta capacidad de síntesis era clave: nos permitía mantener la fuerza de la idea aunque cambiara el formato, la escala o el nivel de información.
A partir de ahí, vamos a poder declinar la campaña en todos los soportes necesarios: opis, banderolas, autobuses, piezas digitales o animaciones. Cada aplicación podía tener un grado diferente de complejidad, pero todas compartían el mismo principio visual y conceptual.
Ahora que el proyecto ya es público, ¿hay alguna decisión que consideráis especialmente acertada o alguna que, con perspectiva, habríais resuelto diferente?
Una de las decisiones que creemos más acertadas fue integrar a todos los sponsors dentro de la propia creatividad del cartel. En lugar de resolverlo con la típica franja de logotipos en la parte inferior, vamos a intentar que formaran parte de la imagen y del relato visual.
Por ello, algunos aparecen integrados en los maillots de los ciclistas, otros en las gorras o camisetas de los aficionados, e incluso el logotipo del Tour aparece sostenido por uno de los espectadores. Esto nos permitía mantener el cartel mucho más limpio y, al mismo tiempo, hacer que todos los elementos obligatorios se sintieran naturales dentro de la escena.
Y como detalle más escondido, si os fijáis bien, también podéis encontrar parte de nuestro equipo, camuflados entre el público.
Hablamos ahora de la nueva campaña gráfica de L’Auditori. Después de un proyecto tan vinculado a un gran evento deportivo internacional, os encontréis ante una institución cultural con una temporalidad completamente diferente. ¿Qué cambia en la manera de pensar una identidad?
L’Auditori nos planteaba un reto muy diferente al del Tour. En este caso no se trataba de construir una imagen en torno a un gran acontecimiento puntual, sino de crear una identidad capaz de acompañar toda una temporada y convivir con una programación muy diversa.
L’Auditori tiene una oferta que va de la música clásica al jazz, de la contemporánea a la vanguardia, pasando por el teatro o la programación familiar. Por lo tanto, el gran reto era cómo comunicar esta diversidad sin perder coherencia, y cómo hablar a públicos muy diferentes —casi de los 0 a los 99 años— sin caer en un lenguaje demasiado genérico.
Desde el principio entendimos que la identidad tenía que ser muy flexible, porque tenía que declinarse en muchos soportes, formatos, mensajes y audiencias diferentes. Pero esta flexibilidad no podía ir en contra del carácter. Por eso construimos la campaña a partir de dos ejes: una campaña de calle, con mensajes más universales y directos para captar la atención de toda la ciudad, y una campaña digital mucho más segmentada, adaptando el tono de voz, el lenguaje visual y la paleta cromática a diferentes generaciones y públicos.
Este sistema nos permitía tener una identidad abierta, versátil y capaz de adaptarse a muchas necesidades, pero siempre reconocible. En cierto modo, queríamos que la campaña fuera tan ecléctica, vibrante y diversa como la propia programación de L’Auditori.
Hablemos también el proyecto de las luces de Navidad en la calle Aragón de Barcelona. ¿Qué condicionantes tiene diseñar una intervención de esta magnitud para que dialogue tanto con el espacio público como con las personas que la habitan?
Diseñar una intervención de esta magnitud implica entender que no estás trabajando solo con un elemento decorativo, sino con una pieza que formará parte del paisaje cotidiano de la ciudad durante semanas.
Por eso, el principal condicionante era la conexión directa con la gente. Tenía que ser una intervención clara, legible e inmediata, capaz de funcionar tanto para quien pasa caminando como para quien la ve desde el coche, desde el bus o desde el balcón.
También nos interesaba que no fuera una propuesta impuesta sobre el espacio público, sino que dialogara con él y con las personas que lo habitan. Que no sólo decorara la calle, sino que activara una cierta complicidad con la ciudad.
En un contexto cada vez más globalizado, quisimos que todas las frases fueran en catalán. Era una manera de reivindicar la cultura catalana desde un lugar cercano y popular, y a la vez una oportunidad para que las personas recién llegadas pudieran descubrir algunas de nuestras tradiciones.
Es una época en la que las tradiciones están más vivas que nunca. ¿Cómo se construye un lenguaje visual capaz de generar la atmósfera festiva que pide el proyecto, sin recurrir necesariamente a los códigos más tradicionales de la Navidad, o al menos actualizarlos?
La parte visual es importante, pero en este proyecto la esencia es sobre todo la idea: coger frases tradicionales y cotidianas, frases que todo el mundo ha sentido alguna vez en casa en Navidad, y llevarlas a una perspectiva urbana, con piezas de dieciséis metros colgadas en medio de la calle.
Este gesto ya actualizaba el lenguaje navideño sin necesidad de recurrir a los códigos más previsibles. En lugar de trabajar sólo con símbolos clásicos, vamos a trabajar con memoria, humor y cultura popular.
A nivel gráfico, nos interesaba contraponer este imaginario tan cercano con un lenguaje muy contemporáneo: una paleta de colores vibrante, referencias a las luces de Navidad clásicas y una tipografía contundente. Esta combinación nos permitía mantener la atmósfera festiva de la Navidad, pero desde un lugar más fresco, directo y actual.
Si comparamos los tres proyectos, ¿hay alguna manera de trabajar que los una a pesar de ser encargos tan diferentes?
Son proyectos totalmente diferentes, pero la manera en que los planteamos desde el estudio es muy similar, independientemente de la naturaleza del encargo.
Para nosotros, el primer paso siempre es entender muy bien el contexto: el briefing, la audiencia, los objetivos, las limitaciones y las oportunidades del proyecto. A partir de ahí, intentamos encontrar una idea que encaje de manera muy precisa con todas estas necesidades desde un punto diferencial.
Esta idea suele nacer más desde una mirada conceptual que puramente formal. No empezamos pensando en una solución gráfica concreta, sino en qué tiene que decir el proyecto y por qué. Cuando sentimos que esta idea está bien alineada, entonces la empezamos a desgranar visualmente: buscamos cómo puede ser atractiva, memorable y, al mismo tiempo, capaz de representar la esencia del proyecto de la manera más clara posible.
Y a día de hoy, ¿qué proyectos tenéis a la vista y estáis trabajando?
Este último mes hemos estado trabajando con el MoMA en Nueva York en la campaña del Warm Up, un festival de música electrónica underground y experimental que tiene lugar en el mismo museo cada viernes de julio y agosto. Para nosotros, poder trabajar con el MoMA ya es un sueño, y hacerlo en un proyecto que nos permite explorar un lenguaje más experimental aún lo hace más especial.
También estamos trabajando en la campaña de las Bibliotecas de Barcelona. Presentamos una idea que salía un poco de los estándares habituales y, tanto desde el Ayuntamiento como desde Bibliotecas, estuvieron muy abiertos a sumarse. Creemos que será una campaña muy única, diferente y con mucha personalidad, pero a la vez muy alineada con las necesidades de comunicación de la red de bibliotecas.
Entre otros que están por salir en breves.
Terminamos recordando que este año también ha sido el estudio que ha recogido más Oros en los Premios ADG Laus. Cuando coinciden el reconocimiento del sector y proyectos de tanta visibilidad, ¿qué os gustaría que se leyera realmente de vuestro trabajo, más allá de los premios?
Una de las cosas que nos planteamos cuando creamos SMLXL era que queríamos hacer diseño capaz de conectar con la gente y con la ciudad. Creo que las luces de Navidad son el ejemplo más claro. Antes de que se encendieran, la gente ya hablaba de ella. Alguien dijo: «Somos nosotros, allí colgados en la calle Aragón». Y para nosotros eso es muy potente.
Este es el tipo de diseño en el que creemos: un diseño que habla de tú a tú, que conecta, que emociona y que puede formar parte de la vida cotidiana de las personas.
Evidentemente, recibir premios es una alegría enorme y, como decíamos antes, también es una consecuencia de hacer bien el trabajo. Pero más allá del reconocimiento del sector, lo que realmente nos interesa es que nuestro trabajo salga de la burbuja del diseño y llegue a la vida real: que lo pueda entender, sentir y hacerse suyo tanto un diseñador/a como alguien que simplemente pasa por la calle, mira arriba y sonríe.















